Siempre pensĂ© que lo mĂo era enseñar, pero no desde una pantalla. Yo venĂa del tĂpico entorno donde las clases eran presenciales, con pizarra, alumnos delante y contacto directo. Internet me parecĂa frĂo, demasiado impersonal.
Me llamo Pablo Fernández DĂaz, y todo esto empezĂł de una forma bastante incĂłmoda para mĂ.
Fue en noviembre de 2019 cuando una persona me pidió por primera vez una clase online. Recuerdo ese momento porque acepté sin saber muy bien cómo hacerlo. Pensé: “bueno, será como una clase normal, pero con cámara”.
Error.
La conexiĂłn fallaba, no sabĂa cĂłmo compartir materiales bien, y la sensaciĂłn era rara, como si hablara solo frente a una pantalla.
En enero de 2020 decidĂ intentarlo de forma más seria. EmpecĂ© a ofrecer asesorĂas online sobre lo que ya sabĂa enseñar. Pero el problema no era el conocimiento, era la forma de transmitirlo a distancia.
El primer gran fallo llegĂł en febrero de 2020. TenĂa una sesiĂłn importante con un alumno nuevo. PreparĂ© todo, pero me obsesionĂ© tanto con el contenido que olvidĂ© algo básico: hacer la clase entendible paso a paso. TerminĂł confundido y no volviĂł.
Ese dĂa, 18 de febrero de 2020, cerrĂ© el ordenador con la sensaciĂłn de que estaba haciendo algo mal sin saber exactamente quĂ©.
Luego llegĂł el confinamiento en marzo de 2020, y todo explotĂł de golpe. Mucha gente querĂa aprender online, pero yo no estaba preparado para ese volumen ni para ese tipo de demanda.
Entre abril y mayo de 2020 tuve semanas muy caĂłticas. Daba clases seguidas, sin estructura clara, improvisando demasiado. Cuanto más trabajaba, peor me organizaba. LlegĂł un punto en el que me sentĂa saturado, sin control.
El momento más crĂtico fue en junio de 2020. TenĂa varias sesiones al dĂa, pero empecĂ© a notar algo preocupante: la gente aprendĂa menos de lo que deberĂa. No era un problema de conocimiento, era un problema de sistema.
Ahà fue cuando me di cuenta de que saber enseñar no es lo mismo que saber enseñar online.
En julio de 2020 decidĂ parar un poco y reorganizar todo. EmpecĂ© a grabar sesiones, analizar cĂłmo explicaba, cĂłmo reaccionaban los alumnos y en quĂ© momento se perdĂan.
Fue incĂłmodo verme fallar tantas veces, pero necesario.
En septiembre de 2020 hice un cambio importante: empecé a estructurar todo como si fuera un sistema, no clases sueltas. Materiales preparados, objetivos claros, sesiones más cortas y enfocadas.
Y ahĂ empezĂł a cambiar todo.
Recuerdo especialmente octubre de 2020, cuando uno de mis alumnos me dijo que por primera vez entendĂa algo que llevaba meses intentando aprender con otros mĂ©todos. No fue un gran Ă©xito pĂşblico, pero para mĂ fue una confirmaciĂłn.
El error más grande de esa etapa llegĂł en enero de 2021. IntentĂ© escalar demasiado rápido, aceptando más alumnos de los que podĂa gestionar bien. El resultado fue claro: bajĂł la calidad de las clases y yo volvĂ a sentirme desbordado.
AhĂ entendĂ algo clave: crecer sin control es retroceder.
A partir de abril de 2021 empecĂ© a trabajar de otra forma. Menos alumnos, más calidad. Más procesos, menos improvisaciĂłn. EmpecĂ© a crear materiales reutilizables, guĂas y sistemas de enseñanza online que pudieran repetirse sin perder calidad.
En 2022 ya no daba “clases online” como tal. TenĂa un mĂ©todo. AsesorĂas estructuradas, cursos base y sesiones personalizadas mucho más efectivas. Ya no dependĂa del caos, sino de un sistema que funcionaba.
Hoy, cuando miro todo lo que pasó, me doy cuenta de que mi mayor fallo fue pensar que enseñar online era simplemente trasladar lo presencial a una pantalla.
Y lo que realmente me hizo mejorar fue entender que en internet no solo se enseña distinto… se piensa distinto.
Firmado, Pablo Fernández DĂaz
