No sé en qué momento exacto empecé a sentir que lo estaba haciendo mal, pero sà recuerdo perfectamente la sensación de estar delante del móvil sin saber qué publicar.
Fue en octubre de 2019, una tarde cualquiera en la que tenĂa varias cuentas de Instagram abiertas y ninguna idea clara de quĂ© hacer con ellas. VeĂa a otros crecer rápido, con contenido sencillo, y yo en cambio estaba atrapada intentando “hacerlo perfecto” sin conseguir absolutamente nada.
Yo soy Marta Jiménez Ortega, y si tengo que ser honesta, al principio pensaba que gestionar redes sociales era solo publicar bonito y ya está.
Todo empezó antes, en 2018, cuando empecé a interesarme por Instagram como algo más que una red social. Probaba cosas: frases, fotos estéticas, páginas temáticas… pero todo sin estrategia. Cambiaba de idea cada semana.
El primer gran fracaso llegĂł en enero de 2020. DecidĂ gestionar una cuenta “seria” de crecimiento rápido, pero cometĂ el error de no entender al pĂşblico. Publicaba contenido que me gustaba a mĂ, no a ellos. Resultado: meses de trabajo sin apenas crecimiento real.
Recuerdo especialmente 12 de febrero de 2020, cuando mirĂ© la cuenta y seguĂa exactamente igual que dos meses antes. Fue frustrante porque estaba invirtiendo tiempo todos los dĂas sin ver avance.
El peor momento llegĂł con la llegada del confinamiento, en abril de 2020. PensĂ© que serĂa mi oportunidad, ya que todo el mundo estaba en redes sociales. Pero fue justo lo contrario: el ruido era tan grande que mi contenido desaparecĂa.
Durante semanas, entre abril y mayo de 2020, publiqué casi a diario sin entender por qué nada funcionaba. Era como gritar en una habitación llena de gente hablando más fuerte que tú.
Ahà fue cuando flaqueé de verdad. Llegué a plantearme si simplemente no era buena para esto.
Pero en junio de 2020 decidà parar por primera vez. No dejé las redes, pero dejé de publicar para empezar a observar. Y eso cambió mi forma de trabajar.
EmpecĂ© a analizar cuentas que crecĂan rápido: quĂ© hacĂan en los primeros segundos de un vĂdeo, cĂłmo escribĂan los textos, cĂłmo respondĂan a los comentarios. Por primera vez no estaba creando, estaba aprendiendo.
En septiembre de 2020 hice un reinicio completo. Cambié el estilo de contenido, empecé a trabajar con estrategias más claras y dejé de publicar por impulso. Fue lento, demasiado lento al principio.
Pero en noviembre de 2020 pasĂł algo importante: una cuenta que llevaba meses estancada empezĂł a crecer de forma constante. No era viral, pero sĂ estable. Por primera vez habĂa coherencia.
El error más grande de esa etapa llegĂł en marzo de 2021. Me obsesionĂ© con los nĂşmeros. Likes, seguidores, estadĂsticas… y dejĂ© de lado lo más importante: la conexiĂłn con la audiencia. El crecimiento se frenĂł otra vez.
AhĂ entendĂ algo clave: en redes sociales no gana el contenido perfecto, gana el contenido que conecta.
A partir de mayo de 2021 empecé a trabajar de otra forma. Menos perfección, más constancia. Más mensajes directos, más interacción, más contenido pensado para personas reales y no para algoritmos.
Recuerdo especialmente agosto de 2021, cuando por primera vez una cuenta superó los 10.000 seguidores de forma orgánica. No fue suerte, fue repetición y aprendizaje.
En 2022 ya no gestionaba redes “a ciegas”. TenĂa procesos: quĂ© publicar, cuándo responder, cĂłmo analizar resultados y cĂłmo adaptar estrategias segĂşn la audiencia.
Lo que antes era caos, ahora era un sistema.
Hoy, cuando miro atrás, me doy cuenta de que mi mayor fallo fue intentar crecer rápido sin entender a quién le estaba hablando.
Y si algo he aprendido en todo este camino es que las redes sociales no van de publicar más, sino de entender mejor.
Firmado, Marta Jiménez Ortega
